El sueño del celta – Mario Vargas Llosa

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Se entiende por novela histórica aquella que, siendo una obra con algunos detalles de ficción, recrea un periodo histórico más o menos lejano. La acción, los personajes y los acontecimientos de una novela histórica son reales.
No será difícil presumir que una novela histórica reclamará del escritor una postura muy diferente de aquella que se requiere para una obra puramente ficcional.
La ficción pura permite crear, inventar, improvisar y sobre todo trazar una trama propia y personajes que nacen simplemente de la imaginación. 
En la novela histórica el pasado condiciona al autor, los personajes históricos han existido y por muchas licencias que un autor se permita será necesario constreñirse a la realidad.
A pesar de su frase: Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. O quizás justamente por eso mismo y con una trayectoria que no voy a resaltar porque todos la conocen, Mario Vargas Llosa es un escritor que navega en las aguas de lo ficcional y de lo real (histórico) sin que su barco haga agua ni a babor ni a estribor.




Un escritor no escoge sus temas, son los temas quienes lo escogen. Una de las frases de Vargas Llosa que más alientan a quienes escriben y una de las más mágicas si se quiere de este mago de experimentación técnica, aspecto por el que es reconocido como un maestro de la composición novelística e innovador de posibilidades narrativas y estilísticas. Sin embargo en El sueño del Celta no es la técnica innovadora lo que nos deslumbra.

Roger Casement, el Celta, fue un aventurero que a los veinte años se embarcó hacia África con la idea de acercar la civilización a un mundo que aparentemente la necesitaba. 
Y entonces, como en toda novela histórica el personaje real condiciona y en esta Roger Casement no es la excepción. Idealista, ingenuo, deportista pero sobre todo curioso, un muchacho sensible y con el deseo de aprender abierto al mundo desde esos veinte años que lo ven llegar a El Congo donde se moldeará no solo su personalidad sino sus ideales. Roger Casement, más tarde conocido como El Celta, ejercerá gran parte de su vida como diplomático británico defensor de los valores de un colonialismo utópico. Sin embargo sus investigaciones y sus demoledores informes sobre las verdaderas actividades y atrocidades del Imperio británico en tierras congolesas, le convertirán en un acérrimo anticolonialista y su lucha se extenderá hasta el fin de sus días por la liberación del territorio de Irlanda. 
Casement es sin lugar a dudas,  a pesar del tiempo que nos separa de su época, el personaje ideal para una novela de nuestro tiempo. La sensibilidad de Vargas Llosa rescata valores religiosos, éticos y morales,  su inteligencia los acomoda a una mirada cultural y literaria actual y el resultado es la unión del pasado y el presente en defensa de los valores humanos, las pugnas nacionalistas, la ecología, y el anticolonialismo.
El personaje central es una figura contradictoria un ser profundamente humano: un héroe-antihéroe, un religioso-agnóstico, un confiado-calculador pero a la vez un sensible- impasible que vive la conflictiva situación del aborigen tan intensamente como su  desgarrador conflicto personal de adaptación al medio y a la sociedad. 
La obra está estructurada en XV capítulos repartidos en tres partes; El Congo, La Amazonia, Irlanda y un Epilogo. La narración arranca utilizando la analepsis, Casement se encuentra encarcelado por traición a la Corona Britanica y a partir de ahí se remota a los orígenes del personaje y lo vivido. La historia se va deshilvanando en dos planos tempo-espaciales Casement desde la cárcel narrando sus últimos días, sus sentimientos y muchas de sus desoladas sensaciones de abandono por parte de muchos a quienes consideraba amigos y por otro lado en capítulos que se van alternando asistimos cronológicamente a la vida de Roger Casement y sus experiencias en el plano personal y diplomático.
Como se ha constatado, Casement realizó tanto actos admirables como no tanto. El homosexualismo y la pedofilia no son rumores, sino informaciones que vienen directamente de Casement, informaciones que él mismo introdujo en sus diarios. Sus diarios que no se han mantenido como muchos en secreto sino que terminaron de forjar el perfil de este mitad héroe mitad desventurado y Vargas Llosa aprovecha mucha de esa información de primera mano.
 

El lenguaje es sencillo y emplea a menudo la descripción, como principal herramienta que nos acerca a los paisajes, los ambientes, los horrores y los rasgos característicos de los personajes. La prosa es clara y simple, sin rebuscamientos formales, ni técnicos, con un estilo lento y prolijo, y el diálogo es directo, sin medias tintas.
El discurso histórico persigue la “verdad”, la objetividad y la precisión informativa,
pero sabemos también que en cuanto aparecen los juicios de valor y las interpretaciones, las puertas de la subjetividad se abren y el discurso histórico se tiñe, o puede teñirse en mayor o menor medida, de ficcionalidad, de invención necesaria, más o menos contrastable, quizá veraz, aunque no necesariamente verdadera. Sin embargo y aunque ciertas situaciones puntuales es imposible que Vargas Llosa las haya sabido a pie juntillas no caben dudas que se ha ceñido a lo que la historia nos cuenta del Celta.

Por otro lado, no es su primera novela de este tipo. Es reconocido el lúcido desenvolvimiento de Vargas Llosa en cuanto a novelas históricas se refiere. 
En 1981 aparece La guerra del fin del mundo, su primera novela histórica y una de las más importantes que ha escrito.  A Lituma en los Andes le sigue La Fiesta del Chivo, sobre la vida del dictador dominicano Trujillo que fue llevada al cine con el mismo nombre por su primo Luis Llosa.




Con El sueño del Celta viene a corroborar una vez más que la novela histórica le pertenece tanto como la novela puramente ficcional y que si nos ocupamos de estilo el suyo es claramente determinado y determinante, uno de los caracteres literarios contemporáneos dignos del lugar que ocupa.

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