Pálida luz en las colinas – Kasuó Ishiguro

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Una prosa suave, serena y profunda. Una habilidad sorprendente para mostrar mucho sin decir nada. Me encantó porque en esa ida y vuelta al pasado Ishiguro también nos muestra técnicamente lo se puede hacer en esos casos. Como muchas veces vemos en el Taller,espacios activos, cambio de capítulos y sobre todo introductores de tiempo que ubican inmediatamente al lector en el tiempo que se va narrando.




Por un lado la temática en sí que habla de diferencias. Diferencia entre las generaciones, diferencia entre las culturas (japonesa y estadounidense principalmente) marcada diferencia entre las clases sociales en el mismo Japón después de la guerra. Es una pintura maravillosa de las tradiciones que van muriendo en el Japón de postguerra y que entrevista como a través de una neblina nos llega desde los recuerdos de Etzuko, la protagonista. El estilo en general me recuerda a esas acuarelas japonesas donde los trazos sutiles van armando una escena total con la magia de lo velado. Es decir, en el libro los silencios son lo más importante. Lo que no se dice, dice más que lo manifestado. Así por ejemplo Etzuko deja en suspenso muchos detalles de su vida que en realidad son importantes solo de manera subjetiva, para ella misma. Pero, lo que ha querido mostrar Ishiguro es no tanto lo individual, sino lo colectivo de un Japón de postguerra, de cómo en forma global la vida de los japoneses se va acomodando al nuevo ritmo y de cómo las tradiciones van cediendo paso (muy a pesar de los ancianos) a una vida totalmente diferente... mejor? peor?... solo el tiempo podrá decirlo y eso también lo sugiere Ishiguro con ese esfuerzo de adaptación de Etzuko por comprender a su hija Niki, revelado al final de la novela. El personaje principal y eje de toda la historia es sin lugar a dudas Etzuko. Desde ella se presentan y desarrollan las diferentes escenas, la mayoría como evocación de un pasado. Desde ese pasado llegan como personajes secundarios Ogata-San o Jiro suegro y exmarido de la protagonista. Ellos sostienen el engranaje de los conflictos de post-guerra y articulan un buen número de situaciones de enfrentamientos generacionales que es otro de los temas de importancia dentro de la novela. Desde ese pasado están también Sachiko y Mariko, éstas funcionan a manera de espejo y de alguna manera Etzuko las evoca en su presente como una forma indirecta de contar su propia vida. Es decir Mariko y Sachiko son de alguna manera los alter ego de Etzuko y Keiko. Finalmente instaladas en el presente de la narración aparecen las dos hijas de Etzuko, Keiko que acaba de suicidarse recién comenzada la historia y que de alguna manera nos muestra una de las caras y/o consecuencias de la guerra y Niki. Niki es un personaje secundario pero de alguna manera trascendental en tanto y cuanto es la otra cara de la post guerra y el resultado de lo que desde su pasado Etzuko se planteaba como ese cambio que se avecinaba y al cual tanto ella como el resto de sus congéneres no podían negarse pero sí sufrirlo. Un cambio que como todos planteaba la incertidumbre. Un cambio inevitable que en la vida de Etzuko mostraría con tajante crueldad esas dos caras: por un lado el cambio traería aparejada la muerte (Keiko) y por el otro una adaptación, un vivir entre dos culturas, representada en el presente por Niki. La técnica que Ishiguro utiliza para mostrar a sus personajes es potente, y está basada en una perfecta caracterización psicológica, el uso de los diálogos (que abundan en toda la historia) colabora justamente a que el personaje muestre su forma de ser, su psicología, sin necesidad de apelar a interpretaciones desde una tercera persona que casi siempre objetivizan y no brindan el sentir directo del personaje en cuestión.



 IshiguroUna historia despojada de sentimentalismos inútiles aunque plagada de sentimientos profundos y por eso le saco el sombrero a Ishiguro que sin caer en el melodrama nos supo mostrar el drama más fuerte, el que se experimenta dentro del alma y se lleva a cuestas hasta la muerte. Un libro atrayente y ese estilo atrapante de Ishiguro que convierte a Pálida luz sobre las colinas en una historia que lejos de alejarnos del dolor diario nos lo muestra y nos dice que aún con el dolor se puede seguir adelante.

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